LOS NIÑOS Y LAS COTORRAS
Yo no sé los hijos de los demás, pero los míos guardan un preocupante parecido en cuanto a comportamiento con esos bichitos tan adorables. Me explico, son igual de monos, pero ambos tienen la bonita costumbre de ponerse a hacer ruido justo cuando después de haberte tragado un deprimente telediario lleno de noticias aburridas, trágicas, terribles o que te interesan una higa, por fin llega una noticia distinta e interesante. En ese preciso instante es cuando eligen abrir sus corazones y contarte que han perdido la virginidad, o que van a suspender todas, o que se van tres días de marcha y que ya volverán. Para más inri, suele coincidir con la hora de la comida, cena, desayuno y te suele pillar en medio de un sorbo de alguna deliciosa bebida que acabará formando parte del gotelé de la pared de enfrente.
Otro parecido con las antedichas criaturitas, es su enoooooooooooooorme capacidad para ensuciar, nada proporcional, a mi parecer, con la cantidad de alimento engullido (véase cualquier bebé medio normal, la cantidad de veces que es capaz de manchar un pañal) o el tamaño. Recuerdo cuando recogía a mis hijos del colegio que jugábamos a adivinar qué habían comido ese día. La cosa no revestía gran dificultad porque los tres solían llevar un amplio muestrario de todos los platos en su ropa. Lo más fascinante era intentar averiguar cómo demonios mi hijo Sergio había conseguido mancharse la espalda del jersey con tomate frito, o cómo podía tener las mangas de la camiseta perfectamente asquerosos y exhibir un babi impoluto. Le pregunté a la maestra a este respecto y me dijo que ella también se lo preguntaba, asegurándome que no le quitaba ojo y el babi lo llevaba siempre puesto. Dejaré esos misterios para Iker Jiménez…
Del baño mejor no hablar. Eso ya es para nota. ¿Cuánto pelo puede soltar un/a adolescente medio/a antes de quedarse calvo/a? ¿Y tres? ¿Cuándo se lavan los dientes (según el dentista debe ser una vez al año) cantan a la vez? Eso explicaría por qué hay manchas de dentífrico hasta en el techo. ¿Y del inodoro qué? Yo he llegado a pintar una diana con pintura de warhammer dentro para ver si así… y ni con esas. Menos mal que con la edad algo van mejorando.
En fin, por último, tanto a los hijos como a las cotorras al final se les coge cariño y el día que deciden abandonar el nido te dejan un vacío en el alma difícil de llenar.
Hijos os quiero mucho.


Comentarios
Publicar un comentario